Mucho antes de consolidarse en la Fórmula 1, Pierre Gasly estuvo dispuesto a cruzar cualquier límite para sostener su carrera. Literalmente.

En una entrevista con The Athletic, el piloto francés recordó uno de los episodios más desconcertantes de su camino a la elite: un viaje exprés a Uganda, motivado por la promesa de un inversor dispuesto a cubrir el dinero que le faltaba para competir en 2016.

En aquel momento, Gasly estaba frente a una temporada decisiva en la GP2 (hoy Fórmula 2). El respaldo de Red Bull no alcanzaba y la presión era total: debía pelear el título o quedaba fuera del programa. Necesitaba reunir unos U$S200.000 con urgencia.

La oportunidad apareció en forma de correo electrónico. Un supuesto empresario, con negocios entre Rusia y África, ofrecía el dinero. La condición era tajante: viajar de inmediato a Uganda, en medio de un contexto político tenso por elecciones.

Gasly no dudó. Voló acompañado por su madre. Su padre, en cambio, se quedó en Francia, preocupado.

El contraste entre la promesa y la realidad empezó apenas aterrizaron en el aeropuerto de Entebbe. Según relató el propio piloto nadie los estaba esperando. No había chofer, ni contacto, ni señales del empresario. Terminaron tomando un taxi improvisado que, a los pocos metros, debió detenerse porque las ruedas estaban desinfladas.

Pero lo más impactante no fue eso. El país atravesaba un clima electoral convulsionado. En el trayecto hacia Kampala, madre e hijo se encontraron con controles militares, rutas bloqueadas y focos de disturbios. “Había militares por todas partes, carreteras cerradas y fuego en algunos puntos”, contó Gasly en esa entrevista, describiendo una escena que estaba muy lejos de cualquier negociación empresarial.

Finalmente llegaron al hotel donde se suponía que iban a reunirse con el inversor. Pero nunca apareció. Esa noche, la incertidumbre reemplazó a la expectativa.

Al día siguiente, el supuesto empresario volvió a postergar el encuentro y envió en su lugar a un abogado. La situación, lejos de aclararse, se volvió aún más confusa. El representante no tenía información concreta sobre el acuerdo y, en medio de la conversación, propuso una salida tan insólita como poco confiable: entregar el dinero en lingotes de oro.

“Nos negamos”, recordó Gasly. “No soy comerciante de oro”.

La escena terminó de confirmar lo que ya intuían. “Buscábamos dinero y terminamos perdiéndolo”, resumió.

Más allá de lo anecdótico, el episodio expone un problema estructural del automovilismo. También en diálogo con ese medio, Gasly advirtió sobre la presión económica que enfrentan los jóvenes pilotos. Según una investigación citada de BBC Sport, los costos para llegar a la F1 se triplicaron en la última década.

Gasly lo plantea sin rodeos: muchas familias comprometen años de su vida por una posibilidad mínima de éxito. “Puede que tengas un uno o dos por ciento de chances”, explicó. 

Paradójicamente, meses después de aquel viaje fallido, logró lo que necesitaba: financiamiento, estabilidad y el título de GP2 en 2016, el paso decisivo hacia la Fórmula 1.

Hoy, ya consolidado en Alpine, mira hacia atrás con otra perspectiva. Aquella experiencia, que pudo haber terminado mucho peor, terminó funcionando como una advertencia.

“No estoy seguro de tener mucho interés en conocer a ese tipo ahora”, ironizó. “Ni siquiera estoy seguro de que exista”.

En un deporte en el que el talento no siempre alcanza, su historia deja una certeza: el camino a la Fórmula 1 no solo se corre en la pista. Y a veces, también se juega al borde del riesgo.